oct 17, 2011 - Relatos    Sin Comentarios

Dime tu nombre

Tenía nueve años cuando la conoció y desde entonces ya nada volvió a ser lo mismo. Durante un tiempo pensó que todo se debía a una cuestión de azar y mala fortuna, pero con el tiempo entendería que su encuentro fue algo que irremediablemente debía suceder.

Cada mañana de verano, después de desayunar, el pequeño hijo del carpintero se enfundaba las sandalias y bajaba corriendo toalla en mano hacia el estanque blanco. La gente del pueblo y alrededores lo llamaba así porque el estanque se creaba de forma natural entre tres grandes rocas calizas que topaban entre sí, una descansando en el lomo de la otra con una suavidad exquisita. Entre ellas se creaba un pequeño estanque de poca profundidad donde el agua clara brillaba bajo los rayos del sol dejando ver un fondo de arena blanca inmaculada.

El pequeño hijo del carpintero vivía con su padre fuera del pueblo, en el lado opuesto de la colina mayor, así que bajaba hasta el estanque desde el lado opuesto al pueblo, siempre solo, saltando como una liebre por encima de las flores que en verano tejían las colinas de un manto violeta rosado. Vivían allí desde que su madre murió, sin el suplemento económico que su madre aportaba tejiendo pañuelos, tuvieron que alejarse de la vida en sociedad y mudarse a la cabaña abandonada de la colina. Era una cabaña que había pertenecido a Don Evaristo Mejía, un hombre solitario que años atrás cuidaba del ganado de los granjeros del pueblo manteniendo alejados a los lobos. Historias remotas cuentan que una vez tuvo incluso que vérselas con un oso pardo hambriento que se dirigía al pueblo dispuesto a saciar su inmenso apetito. Algunos decían que dentro de la cabaña aún se encontraba la cabeza del oso colgando cual trofeo encima del hogar del fuego.

Hacía ya trece años desde que Don Evaristo pasó a mejor vida por lo que la cabaña requirió sudor y empeño para dejarla de nuevo habitable. Algo que dadas las circunstancias del carpintero y su joven hijo, no supuso ningún impedimento.

El distanciamiento del hijo con los demás chicos del pueblo había afectado su capacidad de socializarse, algo que en esos tiempos empezaba a ser algo considerado como muy importante para el devenir de un mozo que aspirara a salir de aquel retrógrado pueblo. A su vez, y por satisfacción de su padre, la lejanía con el pueblo había despertado en el crío una autonomía y autosuficiencia que ningún otro niño de su edad ostentaba. Entre otras cosas, eso le permitía bajar solo cada día hasta el estanque. Y era el primer verano, en los cuatro años que llevaban viviendo allí que el hijo del carpintero empezaba a relacionarse con los demás niños del pueblo. Los ratos en el estanque resultaban muy dulces para él porque podía jugar a ser el niño que cuando estaba en la cabaña no podía ser. A pesar de tener sólo nueve años, el chico ya tenía una gran responsabilidad en las tareas domésticas y era un buen apoyo para el padre en los encargos que éste recibía.

Cuando llegaba al río siempre hacía lo mismo, se deslizaba con sigilo entre los arbustos hasta lo más alto de la roca pequeña, dejaba la toalla, se quitaba la ropa y cuando los demás niños estaban distraídos se lanzaba al agua encogiendo las piernas y ensanchando los hombros para salpicar lo máximo que pudiera. Entonces los demás chicos del pueblo, entre ellos el sobrino del herrero -que no recuerdo su nombre- Carlos el hijo del banquero, Blanca y Estefanía, ambas hijas de los carniceros, y el pequeño Javier se giraban asustados y esperaban a ver si entre la densa nube de burbujas asomaba la cabeza y retomaba el aire. Y cada mañana lo mismo. Se estaban un par de horas, que para él parecían minutos, jugando a hacer barcos con hojas y ramitas secas y saltando desde la roca pequeña. Luego se secaban y hacían una carrera por el camino de vuelta hasta que sus caminos se separaban, entonces se despedían y volvían a sus respectivas casas.

La mañana antes del encuentro, llegó al estanque y advirtió que los demás niños estaban distraídos jugando con algunos juguetes de agua de una niña que él no conocía. Se trataba de la hija del gobernador que había venido a darse un baño al estanque custodiada por la criada, que permanecía inmóvil en la orilla sin quitar ojo a la niña.

Como de costumbre, el hijo del carpintero emprendió su marcha hacia el borde de la roca pequeña y saltó al agua dispuesto a salpicarles. Se acercó a la orilla a saludar a sus amigos y acto seguido giró la cabeza dispuesto a presentarse a la nueva niña. En ese momento notó que una mano le agarraba el hombro con firmeza, se volvió y se encontró enfrente a la criada, con los ojos abiertos de par en par y la cara de un color rojo burdeos. Con un tono marcadamente irritado la criada lo sacudió y le dijo que debería darle vergüenza hacer esas cosas. El crío se disculpó sin entender muy bien qué había hecho mal y le preguntó qué era lo que le había ofendido tanto. La mujer, alterada al ver que el chico no se percataba de su falta, le dedicó una fugaz mirada a la entrepierna para luego encararse de nuevo a él y decirle: -¡No vuelvas a bañarte aquí desnudo chico desvergonzado!

De vuelta a casa anduvo dándole vueltas a lo sucedido pero no lograba comprender la razón de tal enfado ni la aparente gravedad de los hechos. Ese día su padre volvió muy tarde del pueblo, donde había ido a entregar un encargo que tenía en el que habían estado trabajando los últimos dos meses, por lo que no pudo comentarle lo sucedido.

Al día siguiente tras desayunar, cogió la toalla aún húmeda y bajo más tranquilamente de lo habitual a ver a sus amigos. Al acercarse al estanque y empezar a subir la pequeña roca sintió algo especial, un escalofrió le recorrió el cuerpo y una sensación de angustia se apoderó de él. Tras sortear los últimos arbustos percibió una figura de mujer sentada en lo alto de la roca. Era una mujer joven, ataviada con un fino vestido de seda color hueso. Sin girarse se dirigió a él y le dijo: -Te estaba esperando. Ven y siéntate conmigo, tenemos que hablar-. El chico en presencia de la mujer se sentía intranquilo e incomodo pero no lograba adivinar la razón de tal sensación. Armándose del valor que un niño de nueve años puede tener, tragó saliva y se acercó despacio hasta sentarse a su lado.

-¿Qué haces aquí en mi roca?- preguntó el chico.

-He venido por ti, debías conocerme- replicó ella.

-¿Porqué? ¿Quién te envía?

-Tu consciencia, tu pueblo y tu vida.

-¿Y porqué debería conocerte?

-Llega un momento en la vida que ciertas cosas cambian y con ello nuestra manera de actuar en sociedad. Hasta ahora habías sido un niño pequeño que vivía alejado de la vida del pueblo pero he visto que esto ha empezado a cambiar. Por esto estoy aquí, para que comprendas algunas cosas.

-Por el momento no entiendo mucho, solo siento esta especie de sentimiento de angustia e incomodidad y no se muy bien porqué.

-No es exactamente angustia, es otra cosa. Pero es normal que te sientas así, aún no estas acostumbrado y no sabes como lidiar con ello. Es importante que te familiarices con este sentimiento pues no te va abandonar hasta el fin de tus días. Es algo que le sucede a todo aquel que vive en sociedad, incluso tu padre pasó por esto.

-¿Es malo? No me gusta la sensación.

-Deberás a aprender a manejarla para que no te afecte en exceso.

-Díselo a los demás niños también.

-Ellos viven en el pueblo, hace tiempo ya que me conocieron.

-¿Cómo te llamas?

-Me llamo Vergüenza.

 

Escrito por: Pol A. Fantoba

Ilustrado por: Cinta Vidal

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