Relatos
2 Comentarios La agonía del disfraz
Son las siete de la tarde y acabo de salir del despacho. Sin sorpresa para mí, me llaman como estaba previsto para confirmar la asistencia a la cita de esta noche. Descuelgo el teléfono y digo –Sí. Con un tono precipitado repito –Si, ¡allí estaré!
Ya no recuerdo cuantos días hace desde que recibí la invitación que llevo pensando en esta noche. Pero son las siete y no tengo disfraz.
Estoy nervioso. No sé si debo darle tanta importancia a la fiesta, pero cuando pienso en ella algo dentro de mi despierta con fuerza diciéndome que lo es, así que le haré caso. Ni me planteo afinar mis dotes perceptivas, pues hoy solo quiero lucirme. Debo deslumbrar, brillar de un modo inaudito y calar hondo en toda esa gente que voy a encontrar.
Soy joven y así me siento, ni me planteo la moralidad de mi enfoque, pues soy consciente que cualquier planteamiento racional me dejaría en casa esta noche y no quiero perder esta oportunidad. ¿Las consecuencias? No me preocupan, las precede la acción y aún no es su momento.
La ilusión me abruma mientras bajo andando a buen ritmo por la hoy no tan aburrida avenida que conduce a mi barrio. Miro el reloj y me inquieto, las siete y media de la tarde y ni asomo de mi disfraz. Con él aspiro a todo, al menos esta noche.
Empiezo a acelerar el paso, casi corro. Sostengo con fuerza el maletín, que con el sudor de los nervios empieza a resbalarme de la mano. Es de cuero negro bueno, liso y bien tratado. Algunos dicen que huele a éxito. En mi opinión, a un éxito que todos me auguran pero que aún está por llegar. Lo llevo lleno de papeles y documentos del trabajo que debería de retocar hoy, pero que estratégicamente he aplazado para terminarlo durante el fin de semana. En una situación cualquiera, trabajar en fin de semana no hubiera entrado dentro de mis planes, pero hoy tengo otras prioridades.
Iba casi corriendo. Ahora corro. Ya estoy más cerca de mi casa y doblo la esquina de la farmacia, quizás mañana ya me atreva a decirle algo a la farmacéutica. Dejo de correr, no por ella. Ya estoy casi en mi casa y paso frente la tienda de disfraces del barrio, su nuevo escaparate me llama la atención. Me gusta porque me recuerda mi infancia y las fiestas del colegio donde hice mis primeros amigos. Sin embargo, me araña irremediablemente una sonrisa agridulce que me recuerda que hoy no son esta clase de disfraces los que necesito. Ojalá fuera tan fácil.
Algunas personas dicen que no hay que llevar disfraces y otras tantas son un claro ejemplo de ello. La verdad si soy sincero, creo que funcionan. Hay que ir al grano y esta vida ya me ha enseñado lo que quiero, o lo que parece querer ella de mí. A menudo me hablan de arrepentimiento, pero frunzo el ceño, pienso a corto plazo y trago el nudo que todo ello me hace en la garganta. ¿Qué quieren que haga? Me siento como un brote más de entre todos los que somos y necesito de una vez empezar a oler distinto. Lo intenté por mí mismo y también con la ayuda de algunos pocos y sabios consejos pero no logro encontrar aún el equilibrio entre esencia y apariencia. El agotamiento que desespera y sobretodo la inseguridad de no verle a todo esto un final feliz me empuja con resignación a seguir en el barco grande, el fácil, y el de muchos.
El único problema, anticipo, es que los disfraces van puestos encima, son superficiales y permeables tarde o temprano a los ojos ajenos. Solo es cuestión de tiempo que alguien termine viendo lo que hay detrás. Y una vez sucede eso ya nada vuelve a ser igual.
No fue tarea fácil encontrar un disfraz convincente y aun menos que estuviera al nivel de mis pretensiones por lo que después de dos horas, dos Gintonics y cierta ansiedad conseguí esbozar lo que iba a ser el alma matter de mi discurso. ¡Si, discurso! Y al final, entre agradecidos y triunfantes sudores tuve al fin mi disfraz.
Me duché, me puse el mismo traje del trabajo y mi disfraz se fue a la fiesta.
Escrito por: Pol A. Fantoba
Ilustrado por: Gisela Carreño


Me ha gustado mucho Pol, espero el siguiente ansiosa, estaba leyendo sin ver la firma y he presentido que era tuyo…no se porque…muy bueno. No a los disfraces…jejejej
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