––Con hielo, mucho hielo ––dijo––. Que rebase el cristal.
Mientras le servía la copa, preguntó si me gustaba el fútbol. Contesté afirmativamente, y se lanzó a hablar de estadios y partidos, de cómo nunca había podido presenciar en directo alguna de las grandes citas de su equipo; criar a dos hijos no le permitió muchos lujos; si se sinceraba: era más bien casero.
Pasó al trabajo. Había sido guardia de seguridad nocturno en un parking durante treinta años.
––Todavía tengo noches en las que me cuesta mucho coger el sueño ––dijo–. Me despierto muy nervioso en medio de la oscuridad y lo único que consigue devolverme a la cama es trozo de pan.
Se le iluminó la cara. Apartó el cristal con gesto nervioso y comenzó a gesticular apasionadamente.
––El pan, ¡El pan! ––me repetía.
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