Archive from diciembre, 2011
dic 29, 2011 - Relatos    Sin Comentarios

Cuento de Navidad

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-Viviré en el pasado, en el presente y en el porvenir -repitió Scrooge, saltando de la cama-. Los Espíritus de los tres no se apartarán de mí. ¡Oh, Jacob Marley! ¡Benditos sean el cielo y la fiesta de Navidad: ¡Lo digo de rodillas, Jacob, de rodillas!

Se encontraba tan animado y tan encendido por buenas intenciones, que su voz desfallecida apenas respondía al llamamiento de su espíritu. Había sollozado con violencia en su lucha con el Espíritu y su cara estaba mojada de lágrimas.

-¡No se las han llevado -exclamó Scrooge, estrechando en sus brazos una de las cortinas de la alcoba-, no se las han llevado, ni tampoco las anillas! Están aquí. Yo estoy aquí. Las imágenes de las cosas que podían haber ocurrido pueden desvanecerse. Y se desvanecerán, lo sé.

Sus manos se ocupaban continuamente en palpar sus vestidos; los volvía del revés, ponía lo de arriba abajo y lo de abajo arriba, los desgarraba, los dejaba caer, haciéndoles cómplices de toda clase de extravagancias.

-¡No sé lo que hago!-exclamó Scrooge riendo y llorando a la vez y haciendo de sí mismo con sus medías una copia perfecta de Laocoonte-. Estoy ligero como una pluma, dichoso como un ángel, alegre como un escolar, aturdido como un borracho. ¡Felices Pascuas a todos! ¡Felíz Año Nuevo a todo el mundo! ¡Hurra! ¡Viva!

Había ido a la sala dando brincos, y allí estaba entonces sin aliento.

-¡Aquí está la cacerola con el cocimiento! –gritó Scrooge entusiasmándose de nuevo y danzando alrededor de la chimenea-. ¡Esa es la puerta por donde entró el Espectro de Jacob Marley! ¡Ese es el rincón donde se sentó el Espectro de la Navidad Presente! Esa es la ventana por donde vi los Espíritus errantes! ¡’I'odo está en su sitio, todo es verdad, todo ha sucedido! ¡Ja, ja, ja!

Realmente, para un hombre que no la había practicado por espacio de muchos años, era una risa espléndida, la risa más magnífica. el padre de una larga, larga progenie de risas brillantes.

-No sé a cuánto estamos -dijo Scrooge–. No sé cuánto tiempo he estado entre los Espíritus. No sé nada. Soy como un niño. No me importa. Me es igual. Quisiera ser un niño. ¡Hurra! ¡Viva!

Le interrumpieron sus transportes de alegría las campanas de las iglesias, con los más sonoros repiques que oyó jamás. ¡Tín, tan! ¡Tin, tan! ¡Tin, tan! ¡Oh, magnífico, magnífico!

Corriendo a la ventana, la abrió y asomó la cabeza. Nada de bruma, nada de niebla; un frío claro, luminoso, jovial; un frío que al soplar hace bailar la sangre en las venas; un sol de oro, un cielo divino; un aire fresco y suave, campanas alegres. ¡Oh, magnifico, magnífico!

-¿Qué día es hoy? –gritó Scrooge, dirigiéndose a un muchacho endomingado, que quizá se había detenido para mirarle.

-¿Eh? -replicó el muchacho lleno de admiración.

-¿Qué día es hoy, hermoso? -dijo Scrooge. -¿Hoy! -repuso el muchacho-. ¡Toma, pues, el día de Navidad!

-¡El día de Navidad! -se dijo Scrooge-. ¡No ha pasado todavía! Los Espíritus lo han hecho todo en una noche. Pueden hacer todo lo que quieren. Pueden, no hay duda. Pueden, no hay duda. ¡Hola, hermoso!

-¡Hola! -contestó el muchacho.

-¿Sabes dónde está la pollería, en la esquina de la segunda calle? -inquirió Scrooge.

-¡Claro que sí!

-¡Eres un muchacho listo! -dijo Scrooge–. ¡Un muchacho notable! sabes sí han vendido el hermoso pavo que tenían colgado ayer? No el pequeño, el grande.

-¿Cuál? ¿Uno que era tan gordo como yo? -replicó el muchacho.

-¡Qué chico tan delicioso? -dijo Scrooge-. Da gusto hablar contigo. ¿Sí, hermoso?

-Todavía está colgado -repuso el muchacho . -¿Sí? -dijo Scrooge-. Ve a comprarlo. -¡Qué bromista! -exclamó el muchacho. -No, no -dijo Scrooge-. Hablo en serio. Ve a comprarlo y di que lo traigan aquí, que yo les diré dónde tienen que llevarlo. Vuelve con el mozo y te daré un chelín. Si vienes con él antes de cinco minutos, te daré media corona.

El muchacho salió como una bala. Habría necesitado una mano muy firme en el gatillo el que pudiera lanzar una bala con la mitad de la velocidad.

-Voy a enviárselo a Bob Cratchit -murmuró Scrooge. frotándose las manos y soltando la risa. No sabrá quién se lo envía. Tiene dos veces el cuerpo de Tiny Tim. ¡Joe Miller no ha gastado nunca una broma como ésta de enviar el pavo a Bob!

A1 escribir las señas no estaba muy firme la mano; pero, de cualquier modo, las escribió Scrooge y bajó la escalera para abrir la puerta de la calle en cuanto llegase el mozo de la pollería. Hallándose allí aguardando su llegada, el llamador atrajo su mirada.

-¡Le amaré toda mi vida! -exclamó Scrooge, acariciándole con la mano-. Apenas le miré antes. ¡Qué honrada expresión tiene en la cara! ¡Es un llamador admirable!… Aquí está el pavo. !Viva! ¿Hola! ¡Cómo estáis? !Felices Pascuas!

¡Era un pavo! Seguramente no había podido aquel volátil sostenerse sobre las patas. Se las habría roto en un minuto como sí fueran barras de lacre.

-¡Qué! No es posible llevarlo a cuestas hasta Camden-Town -dijo Scrooge-. Tenéis que tomar un coche.

La risa con que dijo aquello, y la risa con que pagó el pavo, y la risa con que pagó el coche, y la risa con que dio la propina al muchacho, únicamente fueron sobrepasadas por la risa con que se sentó de nuevo en su butaca, ya sin aliento, y siguió riendo hasta llorar.

No le fue fácil afeitarse, porque su mano seguía muy temblorosa, y el afeitarse requiere tranquilidad, aun cuando no bailéis mientras os entregáis a tal ocupación. Pero si se hubiera cortado la punta de la nariz se habría puesto un trozo de tafetán inglés en la herida y habríase quedado tan satisfecho.

Vistíóse con sus mejores ropas y se lanzó a las calles.

Fragmento de Cuento de Navidad de Charles Dickens

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dic 26, 2011 - Relatos    4 Comentarios

Adiós amor

Lo malo del desamor no es la soledad ni el dolor. Es la imposibilidad del olvido, la irremplazabilidad del cuerpo que me cubría, del manantial del que bebía, de la boca que me comía, la incapacidad de tabicar las estancias por donde transitaba contigo, de cegar la fuente de sensaciones y sentimientos que fecundaban mi espíritu, y que aún brota en mi mente. Y lo intento cada día. Y cada día fracaso. Y vuelve a surgir la misma agua que brotaba, pero turbia y sucia, contaminada por el desecho con el que intento anegarla. Y sin piedad, esparce la inmundicia por cada rincón de mi mente. Donde siempre estás tú.

¿Por qué te fuiste? ¿Por qué así? ¿Por qué en ese momento? ¿Por qué con ella? ¿Por qué me sigo atormentando?

El tiempo no lo cura todo. Es mentira. Es la ignorancia la que lo hace. Y es el saber que estás con ella, que eres feliz y que yo soy incapaz de serlo, lo que me ahoga. Que otra ha amarrado en ti y yo sigo a la deriva, porque no quiero atracar en ningún otro puerto, porque ningún otro me ha dado la seguridad que me dabas. Porque ningún otro me ha protegido como tú lo has hecho. Y así he pasado mi vida, fondeada delante de ti, a la intemperie, a la espera, oteando el horizonte en busca de tu luz, que siempre enfocaba y daba paso a cualquiera antes que a mí.

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dic 22, 2011 - Relatos    3 Comentarios

El País del hielo

En las Sagas nórdicas el Infierno es representado por un inmenso glaciar.

Thor Björnsson regentaba uno de los bares de moda en Reikiavik. El éxito de su negocio era un misterio o simplemente era una cuestión de suerte. Los islandeses afirmaban que era debido a sus mojitos.

Valentina había llegado a la isla para quedarse. Había encontrado trabajo como periodista en el Morgunbladid, y a pesar de que todavía no escribía el islandés a la perfección, su tarea consistía en redactar una sección de novedades musicales en un suplemento cultural. Cuando apenas llevaba un mes en la redacción conoció a Freya Björnsdottir, la hermana de Thor[i].

Una noche invernal de aurora boreal, Valentina conoció a Thor:

-‘Así que tú eres Valentina, la amiga de Freya[ii]. Yo soy Thor. Con mi martillo puedo destruir glaciares y con ellos preparar un sinfín de mojitos – salió de la barra secándose las manos con el delantal, le ofreció un mojito y marchó a saludar a Jónsi Birgisson[iii].

En aquel instante Valentina se sintió pequeña, muy pequeña, y comprendió que aquel antepasado de los vikingos, en tan sólo un minuto, le había devorado el corazón.

Thor seguía bromeando con Jónsi, Freya estaba en la barra ocupando el tiempo flirteando con un pretendiente y en el mundo de Valentina, detenido desde hacía un rato, tan sólo se vislumbraba a Thor electrocutándola con sus rayos.

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dic 19, 2011 - Relatos    8 Comentarios

Dos vecinos

Antonio y Fernando son vecinos. Viven en el mismo edificio gris de la misma ciudad gris. Sus vidas también son grises. Han olvidado ya hace tiempo ciertos sueños de juventud que desasosegaban sus noches, y se han sumido en unas rutinas anodinas de oficina, hijos, matrimonios desgastados y tardes de domingo ante el televisor.

Sí, sus vidas también son grises.

Cada día a las 15:18 se encuentran en el portal, tras finalizar sus respectivas jornadas laborales. Antonio trabaja en una agencia de seguros, de la que regresa caminando por calles igual de grises que la suya. Fernando es funcionario en un departamento inútil en el centro de la ciudad, y sube cada día al mismo autobús urbano para volver a casa. Siempre, cada día, coinciden en el portal. A la misma hora.

Se saludan con cortesía pero sin efusividad, y entran en el portal cediéndose el paso. No arrastran los pies por educación, pero acarrean sus ánimos como si fueran una condena. Mientras esperan al ascensor, que nunca está en el portal, entablan una conversación que es la misma cada día porque no se dicen nada, y que luego continúan dentro, sin mirarse nunca a los ojos.



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dic 15, 2011 - Relatos    Sin Comentarios

Cazador cazado

El despertar siempre era un cambio curiosamente brusco. No se asemejaba al despertar de los vivos era más bien una especie de resurrección lenta y misteriosa. Lenta pues el momento se hacía eterno y misteriosa porqué tenías la incertidumbre de si conseguirías levantarte y moverte o si, por fin, podías entregarte a la paz eterna que te era negada. Lo que estaba claro era que, con el paso del tiempo, el despertar era cada vez más y más difícil.

El primero de los sentidos que se activaba era el olfato, aunque la respiración en un cuerpo sin vida era inexistente los olores penetraban en tu nariz y tu celebro captaba toda la información de donde te encontrabas. El segundo era el oído, primero escuchabas sonidos sordos o lejanos que se iban aclarando lentamente. El tercero el gusto, maldito sea, era en ese momento cuando te dabas cuenta que realmente estabas muerto, podías notar ese gusto asqueroso a podredumbre que tanto me hastiaba. El cuarto sentido era el tacto, tus dedos notaban donde te encontrabas estirado, las imperfecciones más mínimas de una sábana o las rugosidades diversas de un suelo de madera pulida. Por último el más importante, la vista, tus ojos se abrían lentamente para encontrarte con la oscuridad absoluta pero pronto se adaptaban para poder ver sin ninguna luz que te iluminara.

Luego la sangre, una sangre que en parte no era tuya, daba calor a tus extremidades hasta que conseguías ponerte en pie. Primero de forma rígida y luego con más soltura, hasta que notabas el poder y la fuerza de tus músculos.

Hay algo que no puedes evitar al levantarte, tienes que mirarte en el espejo, necesitas saber que sigues allí, que sigues siendo tú, que sigues siendo humano. El reflejo se burla de ti, ante tus narices aparece la caricatura de lo que una vez fuiste, ahora simplemente eres la carcasa sin alma en la que te has convertido pero, a los ojos de todos, sigues siendo aceptable en la sociedad y puedes pasar desapercibido.

He oído a otros como yo que se quejan de la maldición. Seres miserables que acaban suicidándose por no aceptar en que se han convertido. Otros hablan de que todo es una bendición que hay que aprovechar, creo que yo soy de este grupo. Me gusta ser lo que soy y el poder que consigo a pesar del precio que hay que pagar, hace tiempo que perdí mis principios y dejé de preocuparme por el sufrimiento ajeno.

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dic 12, 2011 - Relatos    5 Comentarios

Dos de azúcar, por favor (2)

Capítulo 1 

Capítulo 2

¿Quieres el sobre de azúcar que me sobra?, colega. Espera, ¿me estás dando tu segundo sobre de azúcar?…tú has follado, ¿no?. Bueno, ayer, cuando, ya sabes, te fuiste del garito, bueno, pues, estuve hablando con…No me jodas, venga colega levántate y dame un abrazo. No, tío. No estoy bien, no me siento limpio. Madre mía, macho. ¿Dices que no te sientes limpio?, si hueles a Nenuco. Si hasta el color de tus ojos ha pasado de ser marrón mierda a marrón esperanza. Míralos, te brillan como diciendo: estoy completamente desnatado, chicas, puedo mantener una conversación con vosotras sin miraros el escote durante quince minutos seguidos. Venga R. – SHHHT –. Recuerda, no podemos decir nuestros nombres. Y tampoco utilizar guiones, campeón. Aunque tú ya metiste el tuyo ayer. Venga, dame un abrazo y cuéntamelo todo.

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dic 8, 2011 - Relatos    1 Comentario

Guarida erótica

Ella estaba cómoda en su casa de cuatro paredes. Una puerta y dos ventanas. En la entrada principal se había llenado de malezas y podía verse un surco bastante profundo que había hecho ella misma. Caminando. Caminando. Caminando.

Las cortinas y persianas estaban cerradas. Porque cuando estaban abiertas, ella se había encandilado muchas veces con brillos sutiles que la enamoraron entonces, y la abandonaron después. Era muy intensa. También muy callada. Contaba con los dedos de una mano a sus amigos. Ella, no era linda. Según le habían dicho, era “exótica” -algo que nunca pudo terminar de comprender-. Tenía buen cuerpo cuando era joven. Ahora, más madura, paridora de hijos, los cambios se notaban, y no estaba conforme.

No había tenido aquello que otros llaman “suerte”. En el amor, se entregaba sin reservas, y perdía los pudores. Confiaba. Jugaba. Moría. Revivía. Y volvía a morirse en cada intento. Después de recopilar sus pedazos, finalmente dejó de llorar lo que no tenía sentido, y decidió vivir lo que le quedaba de tiempo, en forma austera. Por tanto se entregó a la mundana ciudad de los cadáveres, enterrando definitivamente el verbo en un cajón azul, con flores violetas. Secas. Las lágrimas no volvieron a brotar de ella. Tampoco las sonrisas. Tampoco supo más lo que era un abrazo de hombre, y recostarse en él al final del sexo.

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dic 5, 2011 - Relatos    2 Comentarios

911

No era muy tarde, ni yo estaba cansado, pero ya me había encerrado en mi habitación: por la mañana tenía que madrugar y estar muy fresco para el día que me esperaba. Mi ponencia, que inauguraba el congreso médico de cirugía, tenía que ser la referencia del resto, a celebrar en los dos días siguientes. Pensaba tomar algo ligero mientras veía alguna de las películas que echaban por el canal del hotel. Había avisado en recepción que no me molestase nadie. Así que, la llamada de teléfono, me sorprendió. Y pensé en dejarlo sonar, hasta que quien llamara, se cansara de no oírme. Pero tras el quinto tono, descolgué con algo de rabia y enfado. Siempre me quejaba de la tiranía del teléfono. Te hacía dejar cualquier cosa que estuvieses haciendo y prestarle toda tu atención. Todo tenía espera menos él. No se podía aplazar la respuesta. Incluso cuando la llamada era para alguna insignificancia, que hacía que mis ideas de involución tecnológica creciesen hasta límites ilógicos.

-Sí, dígame.

-Hola, le llamo de la habitación 911. Quería el menú 4, muy hecho, con una botella de agua. A las diez en punto. Gracias.

Y colgó, dejándome con una respuesta en los labios. Evidentemente se habían equivocado de número. Pensé en llamar a esa habitación, o incluso acercarme, y decirle el error que había cometido. La voz femenina que oí me sonó, pese a su estilo telegráfico, muy atrayente… Y además estaba en mi misma planta, reservada para los participantes en la conferencia, unas puertas más allá de la mía.

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dic 1, 2011 - Relatos    1 Comentario

El corazón de la montura de Perseo

De entre los numerosos regalos que la pareja recibió tras el nacimiento de su primer hijo, aquel caballito alado construido para colgar sobre la cuna era el preferido de sus progenitores. Del vientre del pegaso salía un cordel terminado en nudo, y al tirar de él comenzaba a sonar una dulce cadencia infantil. Cada vez que el bebé los despertaba llorando en medio de la noche o se resistía a dormir después de mamar: daban cuerda al juguete; siempre cerraba los párpados antes de que la música llegara a su fin.

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