Relatos
1 Comentario El corazón de la montura de Perseo
De entre los numerosos regalos que la pareja recibió tras el nacimiento de su primer hijo, aquel caballito alado construido para colgar sobre la cuna era el preferido de sus progenitores. Del vientre del pegaso salía un cordel terminado en nudo, y al tirar de él comenzaba a sonar una dulce cadencia infantil. Cada vez que el bebé los despertaba llorando en medio de la noche o se resistía a dormir después de mamar: daban cuerda al juguete; siempre cerraba los párpados antes de que la música llegara a su fin.
Era tan intenso el poder somnífero de la melodía, que pronto sus padres comenzaron a abusar de él. Las ausencias se hicieron cada vez más prolongadas. Estiraban el cordel y salían a cenar, asistían a los estrenos cinematográficos, viajaban o practicaban deporte. Su hijo jamás despertaba mientras estaban fuera. Llegado el momento, el mecanismo se encasquilló por su uso, repitiéndose las notas una y otra vez en un bucle sin final. El matrimonio –asimilando la pérdida– anunció la muerte prematura del retoño, y tras una breve ceremonia fúnebre a la que asistieron los más allegados, abandonaron su casa para mudarse a la capital.
El bebé, acunado por los brazos de Morfeo, creció en la oscuridad de aquella casa vacía. Prendía los extremos de la manta, balbuceaba sonidos ininteligibles, se agitaba ante la llegada de los dientes de leche. Le colgaban los brazos entre los huecos de las maderas y sus pies presionaban el final de la camita; el lecho terminó resquebrajándose y el caballito alado golpeó el suelo haciéndose añicos.
Entre los trozos de porcelana asomó el corazón de la montura de Perseo: una pequeña caja de música que dejó de sonar entre estertores mecánicos.
–¿Papá? –Dime.
–No puedo dormir.
–¿Te da miedo?
–Sí.
–Tiene un final feliz.
Cuando la caja de música dejó de sonar, el niño durmiente despertó y rompió a llorar. Ríos de lágrimas de soledad, hambre y miedo. Lloró tanto que la casa se inundó y todos los muebles salieron por la puerta principal llevados por la corriente.
En el centro de las aguas viajaba el niño, agarrado a los restos de la cuna como un naufrago en su balsa a la deriva. El caudal llegó hasta la calle principal, donde se ramificó en cientos de riachuelos que llegaron hasta el mar. La cuna quedó varada en el asfalto. Frenada contra un buzón del servicio postal.
En la misma ciudad, el cartero y su mujer llevaban mucho tiempo tratando de que ella se quedara encinta, y se entregaban a la tarea con la dedicación y el esfuerzo de las personas que desean algo con mucha intensidad. Hacían el amor a todas horas: antes de desayunar, cuando él volvía del trabajo para comer, en la siesta, durante el informativo nocturno… Y esto los días laborales, porque…
–¿Qué es encinta?
–Embarazada.
–¿Y hacer el amor?
Por más que lo intentaban nunca lo conseguían. Así pasaron primero las semanas. Luego los meses. En el hogar del cartero y su mujer la pasión languidecía bajo la sombra de una duda. La misma duda que atormentaba al cartero la mañana que se dirigió a hacer su ruta de entregas tradicional y, en el buzón postal de la calle principal, encontró varado al niño despierto. No lo dudó ni por un instante. Miró hacia ambos lados de la larga calle, y al no ver a nadie, estrechó al chiquillo entre sus brazos para volver corriendo hasta su casa.
–¿El cartero robó al niño?
–No lo robó, lo adoptó.
–Y por qué sale corriendo.
–Para que no se lo quiten.
–¿Quién?
–La policía.
–Claro, porque lo ha robado.
El hogar del cartero y su esposa recobró la luz con la llegada del niño despierto. Como medida de precaución, rechazaron los encuentros sociales durante varios meses arguyendo un embarazo complicado. Luego lo exhibieron como suyo con naturalidad.
El niño despierto era como el resto de los niños, salvo por un detalle: nunca dormía. Sus padres adoptivos visitaron a los médicos más reputados de la ciudad. A los curanderos. A los boticarios. Pero por más medicinas, hierbas y pociones que probaron, palabras, colchones y brebajes mágicos, no encontraron un remedio para el estado de perpetua vigilia de su hijo. No obstante, al niño despierto no parecía afectarle la carencia de horas de sueño, así que lo asimilaron como una conducta normal que debía permanecer en el ámbito privado de la familia.
Con el paso de los años, el desvelamiento total que inicialmente tomaron como tara se convirtió en talento. El niño –que ya no lo era– despierto hacía de las noches sus horas más productivas. Comenzó con la ebanistería y tras la lectura de densos volúmenes de aprendizaje, el cartero y su esposa se levantan cada día para encontrar un nuevo mueble que llenase su salón. Pronto la casa entera aparecía repleta de cómodas con complicados dibujos en la madera, jaulas para pájaros vacías, armarios de doble puerta o inquietantes galanes
Siguió con la pintura. En las paredes del angosto desván que había convertido en lugar de trabajo dibujó escenas de caza. Largas figuras alargadas portadoras de lanzas. Manos. Mamuts. Intrincados mosaicos formados por miles de pequeñas piedras que recogía en los caminos. Óleos enormes de temática mitológica y pequeños lienzos de pinceladas gruesas, impresiones de un amanecer o un estanque… Tras aburrirse del fuerte olor que desprendían las mezclas de los colores se decidió por la mecánica. Al hombre despierto se le atribuyen el motor de cuatro tiempos, el primer periscopio y la lámpara termoiónica.
Las piezas cobraban vida en sus manos.
Era creativo con las tuercas, tornillos, muelles y pistones. Audaz en los proyectos de sus artilugios. Tanto, que el sueño del cartero y su esposa se veía continuamente interrumpido por las explosiones provenientes del desván. Más de una vez temieron por los cimientos de la casa.
Una noche, cansado de que a la pseudotostadora en la que trabajaba siempre hubiese que activarla dos veces para que las tostas quedasen en su punto, se dedicó a buscar por todos los recovecos de la estancia cosas que arreglar.
En uno de los cajones de la cómoda, encontró la cajita de música que encerraba su mano la mañana que lo encontró el cartero. El ingenio lucía un diseño simplista: un cilindro con remaches ensamblado a un eje que lo giraba sobre sí mismo; el relieve rotativo golpeaba el cepillo de metal produciendo los distintos sonidos.
El hombre despierto presionó con los dedos los extremos de la ruedecilla. Estaba atascada. Con un simple movimiento del alicate liberó al muelle en tensión que accionaba el resto del mecanismo. Las notas cobraron fuerza en el pequeño desván y…
–¿Helena?
Escrito por: Néstor Gándara
Ilustrado por: Mercedes de Bellard


[...] El corazón de la montura de Perseo, un cuento con mucho poso. [...]