Relatos
Sin Comentarios El camino negro
La madre estaba contenta. El parto había ido más rápido de lo que pensaba a priori y su hijo parecía lleno de salud. Aunque húmedo, aprendiendo el difícil arte de respirar y asumiendo que no podría regresar a aquella guarida tan calentita donde no le faltaba nada, abría sus ojos negros y la miraba fijamente, como pidiéndole, rogándole, que no lo dejara solo, indefenso como estaba. Si su padre no hubiera muerto, sería más fácil, pero había que seguir adelante. La fuerza que le proporcionaba esa mirada era inmensa y, como todas las madres, se juró a sí misma protegerlo con la vida, si fuera necesario. El tiempo pasaba y el hijo crecía. Fuerte y sano, como su madre. Después de descubrir que había otras cosas para comer que no eran leche materna y que, además, algunas eran aún mejores, llegó la hora de los primeros pasos fuera de casa, con los demás. No tardó en hacer amigos. Era juguetón y travieso, y pasaba horas y horas corriendo y saltando por los alrededores.
Un día de verano, de aquellos que necesitan un chaparrón que refresque la tarde, en parte sin querer, en parte por afán de saber qué había, se alejó hasta más allá del gran roble, el árbol que los pequeños tenían marcado como el límite que no podían sobrepasar. Bosque adentro, poco a poco, el pequeño caminaba curioseando por si encontraba alguna otra cosa además de árboles y matorrales. Todo era casi igual que en los alrededores de su casa y, por tanto, no entendía a qué venía tanta prudencia por parte de los mayores. Ya no llovía y el olor de hierba húmeda lo embriagaba y lo hacía caminar sin darse cuenta que estaba yendo demasiado lejos. A los piés de una encina encontró unas flores que sí eran nuevas. Nunca había visto de ese color y cuando se acercó para oler-las, oyó un ruido de vegetación pisoteada cada vez más fuerte. Alguien se acercaba con mucha prisa. Demasiada. Fue acurrucándose detrás del árbol, sacando la cabeza, espiando y notando que la idea de querer husmear más allá de gran roble no había sido correcta. A medida que el ruido se acercaba veía como los matorrales se movían, cada vez más cerca, hasta que apareció su madre. Alguien la había avisado de las intenciones de su hijo y había salido a buscarlo antes de que fuera demasiado lejos. Antes de que llegara el Camino Negro.
Lo regañó y se lo llevó a casa muy enfadada. Él, cabizbajo, no se explicaba qué mal había en querer descubrir el mundo. Todo era igual de bonito e inofensivo que en los alrededores de casa, por donde sí le dejaban pasear sin problemas. Quizá encontraría más flores de colores nuevos, con olores que le harían enloquecer.
La madre, en cambio, entendía y se inquietaba por el peligro que suponía el carácter entrometido de su hijo. Mientras corría a buscarlo, la memoria le proyectaba, una y otra vez, la imagen del padre del pequeño tendido en el Camino Negro, muerto, después de querer enfrentarse a uno de esos terribles monstruos que les rondaban desde hacía poco más de un año.
El Camino Negro antes no lo era. Era un pequeño sendero que a menudo utilizaban para llegar alel río, hasta que el Gran Monstruo lo convirtió en una oscura y terrorífica trampa humeante. Aparte del padre, ocho amigos más habían perdido la vida destrozados por las extrañas criaturas que lo habitaban. Así lo intentó explicar al pequeño, y así pareció entenderlo. Sólo lo pareció.
A medida que pasaban los días, al incontrolable afán de conocer mundo del pequeño se le sumó una especie de deseo de venganza por la muerte de su padre. Quería ir a buscar a los monstruos y enfrentarse a ellos. O quizá no. Con saber por qué lo habían matado bastaría. Su madre le contaba que su padre era bueno, que todo el mundo le quería, por lo que no encontraba explicación al hecho de que un monstruo desconocido le quisiera hacer daño.
Desde aquella tarde de verano la madre no le quitaba el ojo de encima, y el pequeño, consciente del control materno, se mostraba cada vez más molesto y huraño con ella.
En uno de los primeros días de otoño, aprovechando la siesta de la madre, el pequeño salió de casa sin hacer ruido, dispuesto a dar respuesta a todas sus preguntas. Asegurándose de que nadie lo viera, pasó por debajo del gran roble, y con más cautela y más seguridad que semanas atrás, se adentró en el incierto espesor de bosque de robles, encinas y pinos. Su mirada ya no dibujaba la inocencia del primer día y se mostraba audaz, quizás inconsciente de un reto que, como a tantos, le podía costar la vida. Minutos después llegó su destino. Apartando un gran matorral de acebo, apareció el temido Camino Negro. Se lo miraba a distancia, intentando averiguar cómo lo harían los monstruos para aparecer tan pronto pisara su tiniebla. Miraba arriba y abajo, de un lado a otro, sin entender el significado de aquel camino. De repente, el ruido de un monstruo. Tenía que ser eso. Un ronquido continuo y terrible cada vez más fuerte. Se acercaba. Las piernas del pequeño empezaron a temblar mientras, como si se tratara de una iluminación, una ocurrencia le tranquilizó. Si no pisaba el camino, si se mantenía al margen, el monstruo no la atacaría. Y así lo hizo.
El ruido resultaba ensordecedor, y la aparición del monstruo era inminente. El pequeño se plantó a tan solo unos pasos del Camino Negro, con la cabeza alta y la mirada desafiante, esperando la quimera que se acercaba. Finalmente, como en una manifestación sobrenatural, de entre los rayos de sol que lo deslumbraban surgió la terrible fiera. De color negro brillante, con dos ojos claros que lo miraban fijamente, se acercaba rugiendo sin parar hasta que, al llegar al lugar donde el pequeño esperaba el enfrentamiento, se detuvo dejando de roncar.
El monstruo desplegó un ala y de dentro salió un ser extraño, pequeño como él, pero sosteniéndose sólo con dos piernas.
- ¡Mira! Es un ciervo! – Exclamó la niña, bajando del coche.
Se acercó al pequeño, que no se movió y, alargando la mano, le acarició el cuello y las mejillas. Cerró los ojos seducido por ese contacto y respondió lamiendo las manos de la niña.
- Déjalo, Maria. Se habrá perdido, pobrecito, y está asustado – dijo el padre.
Le dio un beso en la frente, y volvió a entrar en el “monstruo” que, roncando de nuevo, continuó su viaje por el Camino Negro.
El pequeño se quedó un rato más junto al camino, intentando dar explicación a la experiencia que acababa de vivir. Al rato, dio media vuelta y regresó junto a su madre, que aún yacía dormida. Se tumbó a su lado, contento. Había ido a ver al monstruo, le había plantado cara y, no sólo no le había hecho daño, sino que, además, parecía haberle pedido perdón por haber matado a su padre. Quizás no todos los monstruos sean malos …
Escrito por: Jordi Santasusagna
Ilustrado por: Eduardo Díaz Juliano (Kaffa)

