Archive from febrero, 2012
feb 27, 2012 - Relatos    7 Comentarios

El rey de la casa

No sé qué es lo que hice mal. Cuando tenías una semana y llorabas de hambre, siempre acudía presurosa a tu habitación y te tomaba en brazos, durante el tiempo justo que me aconsejaban el pediatra y tu abuela para no malcriarte. Te amamanté hasta los seis meses, no más porque tu tía Mari decía que podía ser nefasto para tu evolución. Cuando diste tus primeros pasos, te llevaba cada día al parque del barrio para estimularte en tu desarrollo.

No fuiste a la guardería, me dediqué plenamente a ti hasta los tres años. Yo te enseñé las letras, a leer y a contar hasta cincuenta. Hasta que tu padre se marchó con su compañera de trabajo diez años menor, que había sido invitada incluso a nuestra boda, y no tuve más remedio que ponerme a trabajar en la panadería del pueblo, puesto que a tu padre no le llegaba para mantener a dos familias.

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feb 23, 2012 - Drama, Relatos    1 Comentario

Sólo él puede

Suena el pesado piano. Si pudiese ver las notas dispuestas sobre la brisa, las teñiría de los colores del atardecer, naranja, amarillo, algo de ocre. Las suaves bocanadas de viento serían mi metrónomo, las ramitas que él moviese, un componente de mi orquesta. El balanceo de esta mecedora formaría parte del ritmo de mi vida, porque el crujido de la madera antigua nunca sonó tan vital. Pese a todo, denota la fragilidad de un niño dando sus primeros pasos sobre el aire. Parece como si la edad sostuviese su peso, contenida por la gravedad, como la madre contiene a su hijo en el llanto; no igual a las lágrimas que fluyen cuando se pierde.

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feb 20, 2012 - Relatos    1 Comentario

El olivo del Encinar

Esa mañana de Agosto, un olivo descansaba junto al arroyo lagartijero, ausente, como absorto en el murmullo del canto de los grillos. No era un verano como los de antaño, llenos de frituras de sol en pieles ajenas y propias, pues Valle no estaba allí, junto a los suyos recogiendo aceitunas. Ni siquiera su jornalera sombra andaluza, daba réplica al juego del majestuoso sol cordobés.

Se decía en el banco de la plaza, que esa mujer, madre de un niño espabilado y de una chiquilla ausente de picardía, yacía esperando el viaje. Sin apenas haber consultado el precio del billete. Sin saber de lejo el destino final del mismo. Pero ahí parasitaba. Lejos de los campos de olivares perdidos, encontrando su nueva cosecha para recoger. Llena de un todo que se iba convirtiendo en absurda nada.

Junto al bar de Don Benito, aparcó humeante el viejo autobús que transportaba a los jornaleros, desde la unidad de quemados propia de su trabajo diario, hacia la bendita aparición en el avanzado atardecer de ese perdido pueblo andaluz, El Encinar.

Curioso nombre para un pueblo ausente de tan enorme elemento natural como la encina, masculló a sus adentros un apaleado hombre de mediana edad, que, a trote ágil y desmesurado, avanzó entre la muchedumbre que se reencontraba tras la dura jornada de trabajo.

Mil pasos después y apesadumbrado a medida que se acercaba a casa, ese trovador sin lírica ni instrumento más que su silbido vespertino, visualizó como se iluminaba su casa fusionándose con el atardecer, bañando de un rojo malva gran parte del patio andaluz que servía a Valle como reposadero de su amargura.

Chorreando rayos de sol y balanceando su mecedora, disfrutaba la falta de reloj, saboreando como el tiempo como se evaporaba frente a ella, dándole una nueva oportunidad de volver a empezar. No atisbó la llegada de Juan, su marido, hasta que éste, tras cerrar con mucho mimo la verja, se acercó para besarla en el cuello, a lo cual su cansada mujer, reaccionó con una sonrisa recién caída de pura solemnidad.

-Como ha ido todo Juanillo? ¿Siguen las aceitunas donde las dejé?-arrastró con su maltrecha voz.

-Ahí siguen cielo. Esperando a que vuelvas.- respondió él tragándose las lágrimas hacia donde el estómago pierde su utilidad.

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feb 16, 2012 - Relatos    13 Comentarios

#BoLibia

Usted observaba todo.
Imagino que no dejaba usted de fumar grandes cigarros,
que continuaba usted escribiendo
entre los grandes humos.

“Ese hombre”, Heberto Padilla

El País Semanal

La muerte del comandante Ernesto “Che” Guevara a los 83 años cierra un capítulo trascendental en la historia de Bolivia. El régimen del dictador sudamericano, solidamente asentado hasta su desaparición, deja atrás 43 años de totalitarismo y un futuro más que incierto en un país del que poco o nada se sabe.

El líder boliviano-argentino diseñó un sistema a su medida, que solo puede compararse en su hermetismo al régimen ideado por Kim il Sung, en Corea del Norte. “Crear una, dos, tres, muchos Vietnam” fue la consigna que fracasó en el Congo y que a punto estuvo de costarle la vida en Bolivia, las malas condiciones en que se encontraba la guerrilla lo hubieran conducido a una muerte segura en 1967, episodio sobre el que es ilustrativa la entrevista de Jon Sistiaga, reportero de TVE, la única que concedió a una televisión internacional durante su mandato: “una mañana captamos la señal de radio Balmaseda, una estación chilena; se decía que el ejército enemigo nos tenía rodeados. El resto del día pasaron delante de nuestras narices más de 1.500 soldados del imperialismo”. Lo que viene a continuación es por todos conocido: la fuga por el río Grande y seguidamente la clandestinidad, en Perú, donde, a ocultas del gobierno del presidente Belaúnde Terry, logró reagrupar fuerzas y mantener contactos estratégicos con intelectuales y políticos de la izquierda boliviana. Fueron estos quienes lo convencieron del cambio de estrategia, de que la lucha armada en el continente sudamericano estaba condenada al fracaso dada la preparación de las fuerzas armadas, que distaban mucho de ser las de Batista. Lo cierto es que solo alguien como el Che, capaz de luchar por el poder, llegar a él y abandonarlo nuevamente por el polvo y el hambre en el campo de batalla, podía llevar a cabo semejante proeza. La tenacidad guerrillera y la experiencia de gobierno se conjugaron para urdir un plan que acabaría por aprovechar eficazmente un momento de crisis política. Tras la muerte de René Barrientos en 1969, el Che y sus hombres dieron inicio a una ola de atentados que acabó con la vida de generales y políticos clave, entre ellos Adolfo Siles Salinas y Alfredo Ovando Candía, por citar dos con serias aspiraciones presidenciales. El Ejército de Liberación Nacional pasaría a tomar el poder aupado por un sector de la izquierda y el respaldo de una parte del sindicato de obreros mineros (FSTMB), pero sin el apoyo del campesinado y mucho menos de la industria, que se apresuró a trasladar capitales a bancos norteamericanos.

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feb 13, 2012 - Relatos    2 Comentarios

Pero qué maleducada…

- “Enfermera, se lo ruego… no me juzgue por el aspecto de mi slip-calzoncillo. Sería tremendamente injusto. Verá, sé que es difícil de explicar; sobre todo, teniendo en cuenta este tubo de plástico que acaban de insertarme en la tráquea, pero yo pertenezco, junto a unos buenos amigos, a una especie de sub-tribu urbana que considera que el gasto en ropa interior es superfluo… A ver, igual no me entiende, y yo no sé qué tipo de mujer es usted (bella, por supuesto, y apetecible, aunque no dude que cualquier mujer, en la situación que me encuentro en este momento, resulta llamativa…), pero afrontémoslo…

(… carga a 300… me cago en su puta madre, ¿pero cómo pollas se las ha apañado este tipo para acabar aquí de esta manera?… Llama a Sánchez, y dile que se traiga a Rodrigo… ¡venga, coño!)

- …si un chico la invita a su apartamento, y usted acepta, lo más seguro es que acaben donde es previsible, ¿o no? Y, llegado el caso, yo pienso que lo más lógico es entrar directamente al contacto de los cuerpos desnudos, y deshacerse de todo lo que cubra lo antes posible. Verá, nosotros somos unos fanáticos de la higiene, nos gusta, por muy limpios que podamos estar, pasar por la ducha y el jabón brevemente antes de… bueno, ya sabe a qué me refiero… Abogamos por la desnudez desde ese mismo momento, por eso abominamos del gasto en lencería de moda, esa que llaman “sugerente”… O igual es de esas a las que le gusta desnudar a su pareja poco a poco, oiga, es lo mismo de respetable…

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feb 9, 2012 - Relatos    Sin Comentarios

La faraona

No me llamo Nefertiti. Y tampoco soy egipcia. Aunque empecé a utilizar este nombre un día que buscaba seudónimo para presentarme a un concurso literario. Primero fue la firma del relato, luego abrí una cuenta de gmail para hacer el envío de forma anónima. Y poco a poco, una cosa llevó a la otra.

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feb 6, 2012 - Relatos    9 Comentarios

Tormenta en Córcega 366

Mié 01:28.  Las gotas en Barcelona discuten, se amontonan, se agitan y  aplastan. Todas quieren ser la primera en bajar por el ascensor. Cada vez que hay tormenta pasa lo mismo, son 6 pisos, se ven fuertes; la naturaleza está de su lado y ellas lo saben. Espera, voy a abrir la ventana…

Mié 01:35. Toca todos los días la trompeta a las 21:55 y no descuelga la ropa cuando llueve. La mayoría de los días 25 minutos, algunos 35. Sólo puedo escucharla, va mejorando: respira, expulsa, insufla y dibuja escalas que trepan hasta mi cama. Las noches de tormenta me asomo al patio interior, miro sus vestidos, sus bragas, sus pantalones (espera en plano cenital). Y me quedo allí, con las gotas, tensando los pliegues que en dos días rozarán su espalda.

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feb 2, 2012 - Relatos    1 Comentario

El sindicalismo intestinal y otros menesteres

El descontento había llegado definitivamente al cuerpo. Todos los órganos, tejidos, huesos y músculos se sentían atrofiados, vapuleados por el cuerpo que habitaban pues éste, sin atender nunca a sus demandas básicas, se había pasado la vida haciendo lo que se le daba la gana. Y su gana no era buena bajo nuca circunstancia. Así que ya se imaginarán el daño que había estado causando por culpa de esa total forma dictatorial de comportarse y alimentarse a expensas de maltratar y menospreciar todo lo que lo habitaba. Además, se sumaba al descontento general, la escasa condescendencia que el cuerpo mostraba hacia la recuperación nocturna a través del sueño. Hasta los oídos, a cual más de dañados, ya no soportaban la tortura a la que eran sometidos prácticamente todos los fines de semana: el excesivo ruido nocturno que entraba por ellos los había perturbado de tal forma que hasta los nervios se crispaban en cuanto sentían las primeras ondas sonoras emitidas a muy alta frecuencia.

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