Esa mañana de Agosto, un olivo descansaba junto al arroyo lagartijero, ausente, como absorto en el murmullo del canto de los grillos. No era un verano como los de antaño, llenos de frituras de sol en pieles ajenas y propias, pues Valle no estaba allí, junto a los suyos recogiendo aceitunas. Ni siquiera su jornalera sombra andaluza, daba réplica al juego del majestuoso sol cordobés.
Se decía en el banco de la plaza, que esa mujer, madre de un niño espabilado y de una chiquilla ausente de picardía, yacía esperando el viaje. Sin apenas haber consultado el precio del billete. Sin saber de lejo el destino final del mismo. Pero ahí parasitaba. Lejos de los campos de olivares perdidos, encontrando su nueva cosecha para recoger. Llena de un todo que se iba convirtiendo en absurda nada.
Junto al bar de Don Benito, aparcó humeante el viejo autobús que transportaba a los jornaleros, desde la unidad de quemados propia de su trabajo diario, hacia la bendita aparición en el avanzado atardecer de ese perdido pueblo andaluz, El Encinar.
Curioso nombre para un pueblo ausente de tan enorme elemento natural como la encina, masculló a sus adentros un apaleado hombre de mediana edad, que, a trote ágil y desmesurado, avanzó entre la muchedumbre que se reencontraba tras la dura jornada de trabajo.
Mil pasos después y apesadumbrado a medida que se acercaba a casa, ese trovador sin lírica ni instrumento más que su silbido vespertino, visualizó como se iluminaba su casa fusionándose con el atardecer, bañando de un rojo malva gran parte del patio andaluz que servía a Valle como reposadero de su amargura.
Chorreando rayos de sol y balanceando su mecedora, disfrutaba la falta de reloj, saboreando como el tiempo como se evaporaba frente a ella, dándole una nueva oportunidad de volver a empezar. No atisbó la llegada de Juan, su marido, hasta que éste, tras cerrar con mucho mimo la verja, se acercó para besarla en el cuello, a lo cual su cansada mujer, reaccionó con una sonrisa recién caída de pura solemnidad.
-Como ha ido todo Juanillo? ¿Siguen las aceitunas donde las dejé?-arrastró con su maltrecha voz.
-Ahí siguen cielo. Esperando a que vuelvas.- respondió él tragándose las lágrimas hacia donde el estómago pierde su utilidad.

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