Subí al tren buscando el compartimento que me correspondía, arrastraba la maleta con dificultad por el pasillo, pidiendo perdón a todo el que arrollaba con ella, por fin lo encontré mirando el billete y el número en la puerta.
Había escogido viajar de noche y cómo tenía ésa fantasía de ir en un compartimento con cama, aunque lo tuviera que compartir, no miré el precio, quería darme ése gusto.
Después de mucho pensar había decidido aceptar la invitación de mi amigo Carlos, e iba a visitarlo a su ciudad, unas 7:30h de viaje y así aprovechar más el tiempo de mi corta estancia y dormir durante el viaje, pero no sabía que mi sueño sería muy distinto al que imaginé.
La puerta estaba cerrada por lo que piqué con los nudillos y la abrí, no había nadie, lo encontré raro, pero me alegré, así estaría a mis anchas. Acomodé la maleta como pude y me senté en uno de los sillones que por arte de magia se convertían en camas, había sitio para cuatro personas, yo me senté junto a la ventanilla
Cuando giré la vista, la mujer ya estaba sentada enfrente de mi (aprovechando que estaba rebuscando algo en su bolso con mucho afán), empecé a sentir realmente su presencia; era una mujer muy atractiva de unos cuarenta años más o menos, se notaba que tenía clase, poder adquisitivo; por su ropa, la alianza de brillantes que llevaba en su dedo anular, su bolso de marca, su perfume envolvente. Era morena de melena larga y lacia, perfectamente maquillada, pero sin parecer una máscara, me llamó la atención sus manos, sus preciosas uñas (algo que me siempre me llamó la atención en las mujeres), de una longitud perfecta a igual que su manicura de rojo pasión y posé mis ojos en sus zapatos, otra de mis manías, llevaba unas sandalias de finas tiras de cuero entrelazadas con adornos de colores no muy llamativos y que cerraban en su fino tobillo, con un tacón altísimo, como a mi me gustaban, subí lentamente la mirada desde su tobillo del que colgaba una fina cadenita de oro, por sus piernas, bronceadísimas de piel suave y brillante hasta sus muslos, llevaba un mini vestido, sencillo y a la vez elegante que le ceñía su exuberante cuerpo y un generoso escote, de su cuello prendía un colgante que me llamó la atención, parecía valioso, de cadena de oro blanco del que prendía un ónice que en su centro llevaba la letra E que me pareció que eran minúsculos brillantes que iba a descansar entre sus pechos, ella seguía sacando y metiendo cosas de su bolso, y miré su rostro, era guapa, de labios carnosos naturales, una nariz proporcionada, y unos ojos color miel ribeteados por unas espesas pestañas fruto del maquillaje.
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