Relatos
Sin Comentarios Miradas
Laia, 32 años y muchas vivencias a sus espaldas. Hoy día es precavida, algo desconfiada y sobretodo melancólica. Lo último mas por placer que nada, pues para ella la melancolía es la habilidad de encontrar belleza en la tristeza y saber extraer los pequeños atisbos de placer diluidos entre los tristes recuerdos.
Laia no siempre fue así. De pequeña era atrevida y picara. Jugaba sin complejos aquí y allá como hicimos todos, con una ingenuidad realmente dulce. No había indicio alguno en su mirada de prejuicio ni desconfianza hacia los demás, y a decir verdad todavía no lo necesitaba.
Recuerdo aquella primavera de 1979. Por aquel entonces yo me había mudado a mi nueva casa en las afueras, a tan solo veinte minutos andando de la universidad, donde durante los próximos cuatro años iba a hacer mi doctorado en ciencias ambientales y a colaborar en un proyecto pionero en Cataluña sobre la potabilización de aguas salinas en colaboración con el instituto Japonés del agua. Por las mañanas, me quedaba en casa trabajando y por la tarde acudía a la universidad. Una formula estupenda que me daba la posibilidad de gestionar mi tiempo y disponer de grandes ratos de soledad muy productivos.
Bien temprano por las mañanas, cuando las calles recién empezaban a ser acariciadas por el sol, Laia salía a jugar al jardín de su casa. Ambos vivíamos en un barrio de las afueras de Terrassa que recuerda aún a esos barrios anchos y tranquilos americanos donde cada uno tiene su casa, una al lado de la otra, con sendos jardines separados por zanjas de madera y listones de pino cortados en punta y pintados de blanco, donde las calles son rectas y perpendiculares entre ellas como trazadas con escuadra y cartabón.
Aún recuerdo como entre las cortinas de la ventana de mi salón, que daba justo enfrente del jardín delantero de su casa, la veía aparecer cada mañana dando unos saltos de liebre que parecían no agotarla. Por ese entonces, a menudo salía detrás de ella también su padre que con cara de pocos amigos, vestido con pantalón de pijama corto a rayas, sin camiseta, descalzo y con una zapatilla -o lo que quedaba de ella- en mano alzada, persiguiendo desesperado a la nueva perrita que la madre de Laia le había regalado tres meses atrás. La perrita aún era muy pequeña, de hecho la idea de su madre de regalarle la perra venía por el deseo de que ambas crecieran juntas y se hicieran compañía en sus años de infancia. Como era previsible, la perrita estaba todo el día mordiendo y cogiendo cosas, lo cual se había convertido en un verdadero tormento para el padre de Laia, que ejerciendo de padre de familia pretendía -sin éxito el pobre- imponer un poco de orden en casa. Eso en los días que la perrita, que bonita lo era un rato, le daba por salir de casa tras de la Laia con algún que otro objeto que había cogido de casa. Otras veces, las que mejor recuerdo y que mas me hacían reír, te la encontrabas metida dentro de una trinchera que ella misma cavaba en el jardín, justo debajo de la ventana del lado Este del comedor, donde el padre, que era un gran aficionado y amante de la botánica, se esmeraba en plantar y cuidar sus tulipanes. Al final, siempre terminaba el padre gruñendo en medio del jardín y con la perrita girando entorno a él, mientras que Laia, tierna y cariñosa recogía todos los tulipanes que había esparcidos por el jardín para luego juntarlos con sus frágiles manos y llevarlos a su madre, que a esas horas acostumbraba a estar sentada en el jardín de atrás, devorando un libro tras otro.
Lo curioso era ver como la pequeña Laia, encantada con la perrita nueva, solo veía en ella un elemento más de diversión mientras que para sus padres a menudo se convertía en una fuente de disgustos y preocupaciones. Sin embargo, con el tiempo vería en su divertida e insensata perrita algo que nadie más le enseñó.
Con los años, la fascinación de la infancia se sustituyó por aceptación y la ilusión por frustración. Para Laia, a medida que se iban sucediendo los años esa frustración se la daba el trato con las personas, sobretodo por parte de sus padres. Repetidas veces le tocaba sufrir los arrebatos de desesperación de sus padres, figuras grises y amargas, que deliberadamente pagaban con ella su propia indecencia. Y en la mayoría de los casos ni sabía porqué. Pero sufría.
Como un castillo hecho de granos de arena, granitos de arena muy fina que poco a poco y a base de empeño van amontonándose y endureciéndose hasta formar un muro inquebrantable, su corazón se fue blindando para esquivar el dolor que sus padres le infringían. Desconfiaba de sus propios padres y por extensión de todo aquello que les rodeaba. Pero a pesar de los años y años de desengaño, había una cosa que lograba siempre traspasar su fortín emocional, algo que por mucho que pasara el tiempo nunca la decepcionaba. Nunca le rechazó una mirada, nunca le pidió más de lo que ella podía dar y siempre en cualquier circunstancia, solo con mirarla sentía una felicidad, una fidelidad, no comparable a nada de lo que conocía.
Ahora con 32 años y sin padres injustos ni miradas fieles, ha pasado ya mucho tiempo, pero pronto se comprará un perro.
Escrito por: Pol A. Fantoba
Ilustrado por: Jordi Fortuny
