abr 19, 2012 - Relatos    Sin Comentarios

La librería

Llenaba toda la estancia. Era imposible no verla, no olerla, no sentirla. Era robusta, grande, muy grande y señorial, y sin embargo, parecía delicada y volátil. Al acercarme, dos sentimientos se agolpaban en mi mente, esa ilusión infantil, tan sincera y fresca, y al mismo tiempo, miedo, un respeto casi reverencial. Hacía muchos años que no la veía, pero en aquel instante hoy era ayer.

El polvo cubría todos sus rincones, aunque se notaban marcas recientes. Quizás yo no había sido la primera en llegar. El sol de la mañana alumbraba una esquina, estábamos en noviembre. Caía solitario, triste y sin quemar, calentando los cuerpos más tristes.

Tenía que pasar, no podía quedarme en el umbral toda la mañana. Aunque mi cabeza daba vueltas, mi mirada no podía apartarse de ella. Cuantos recuerdos, cuantas vivencias, cuantas historias encerraban aquellas paredes. Las estanterías superiores miraban a las inferiores, como se mira a un hermano mayor, con orgullo y envidia a la vez, con esperanza y con paciencia. Mis ojos se fueron hacia abajo, podía vislumbrar todos aquellos libros antiguos, aquellas interminables enciclopedias por tomos. Poco a poco, me fui acercando. Mis ojos pasaron de la última estantería a la segunda y casi inconscientemente, fui adentrándome en un mundo que no quería, un mundo que me traía recuerdos, un mundo muy lejano en la memoria, y del que irremediablemente saldría dañada.

Ya la tenía delante. Pero no ésta polvorienta y ajada, si no la de verdad, aquella librería de mi juventud.

Hubo una época en la cual, la esquina izquierda estaba llena de muchos libros de pequeño tamaño, la mayoría novelas, aquellas novelas cortitas que se leían fácilmente, en muy pocos días. Entre la tercera y la cuarta balda, entre novelas de misterio y de amor, estaba el teléfono. En realidad había dos, pero éste era el mejor. Podías hablar a hurtadillas, en la intimidad, con aquel novio del colegio o con tu amiga del alma. Cuantas historias habrían escuchado aquellos tomos, cuantas confidencias, cuantos sueños, cuantos desengaños.

Me desplacé hacia el centro. Ahí estaban los clásicos, con sus encuadernaciones de lujo, las enciclopedias por tomos, el diccionario Larousse, los más pesados abajo, los livianos ocupando las baldas superiores. Libros bonitos y feos, algunos hojeados, otros intactos, la mayoría usados. Por un instante volví al presente cuando mi mano se lanzó hacia aquel libro. El polvo se agitó en la estancia, y estuvo a punto de romper la magia del momento. “El lazarillo de Tormes”. Como olvidar esas escenas del vino o de las uvas cargadas de moralejas. Me vino a la memoria el maestro, que insistencia en la lectura, que tenacidad, que agradecidos debíamos estarle, que crueles éramos los jóvenes.

Ya estaba perdida. Seguí pasando mi dedo lentamente por los tomos llenos de polvo, tomos de lujo, tomos desgarrados, tomos clásicos, lomos inexistentes. Libros de suspense, mezclados con novelas superfluas, -pero entretenidas-, temarios de oposiciones, libros escolares, libros de contabilidad y como un faro por encima de todos ellos, los libros de historia. Esos temidos y odiados libros de historia. Esos que eran intocables por su valor, pero deseables por su prohibición. Incomprensibles a edad temprana, algunos no leídos, otros ya anticuados.

A la derecha, estaban los infantiles, cuentos, tebeos, revistas, y todo lo que no tenía un lugar concreto. Me gustaba mirar allí, los libros nuevos, los que se estaban usando, los prestados. Uno de los últimos inviernos trajo consigo un módulo añadido. No se notaba la diferencia, aunque yo lo recordaba muy bien. Allí fueron a parar todos mis libros escolares, me gustaba conservarlos, -que rarita es esta niña- decían, -ojala todos leyeran como ella- respondían.

Volví a la realidad. El lugar que ocupaban estos libros de mi memoria, ahora era un batiburrillo de polvo, libros y desorden. Nadie se había ocupado de ellos desde hacía años. Habían ido resistiendo hasta ese momento. No sabía si ya era tarde, o quizás se pudieran recuperar algunos. Fui haciendo recuento de los más deteriorados, de los que no merecían la pena, de unos, de otros.  ¿Realmente quería yo recuperarlos? ¿No había hecho todo lo posible por olvidarlos?

Sonó una voz. Dejé el bolso sobre la mesa, y me sentí muy cansada.

Por la misma puerta que yo había cruzado, apareció como siempre, altivo, imponente, canoso, engreído. Le acompañaba su abogado. Hicimos las formalidades. Firmamos, tu parte, mi parte, apretón de manos, hasta la vista. Todo había terminado. Que fácil, que simple, que triste, que recuerdos, que fracaso.

Al salir, no pude evitar mirar atrás, y allí la vi, tan robusta, tan grande, muy grande y  señorial. No ésta, aquella, mi librería.

 

Escrito por: Noelia Garzón

Ilustrado por: Ester Vall Balcells

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