El diablo no podía dar crédito a lo que escuchaba. ¿Cómo era posible que su hija, la más bella y atrevida de todas, estuviera diciendo esa sarta de tonterías? Nunca jamás, desde la historia de la creación del Universo, desde el destierro sufrido a manos de Miguel, se había escuchado semejante barbaridad: mire que casarse no era cualquier cosa y ya era mucho, pero encapricharse con hacerlo de blanco, eso sí que era una tremenda falta de respeto por todas las leyes, normas y reglamentos habidos y por haber. Aunque, claro, tenía que admitir que tal despropósito no podía venir de nadie más que de su hermosa hija que hacía honor a su gran nombre: Soberbia. Definitivamente era eso, una enorme y descomunal soberbia lo que recorría a su hija y a su deseo insano, demoníaco, cual era su naturaleza. Sin embargo, el diablo estaba realmente desconcertado y no sabía qué hacer o qué proferir para hacerla desistir de su cometido:
-Mira, hija, entiendo que quieras dar al traste con todo, que tengas una razón comprensible para desatar el caos universal y causar el mayor estrago posible a la creación divina, pero todo tiene un límite. Hasta nosotros mismos tenemos que permanecer encerrados de vez en cuando en este infierno aunque nos pese.
Con ésas y otras muchas palabras semejantes, el diablo casi le rogaba a su hija que cambiara de parecer, que se le ocurriera otra cosa, pero no ésa. Que vamos a hacer el hazmerreír de los avernos, que se armará una revuelta demoníaca para derrocarnos del poder, que hasta se burlarán los Ángeles y los Arcángeles al ver ganada lo que supondrán su partida. Mas la hija echaba en saco roto cualquier preocupación de su padre. Ella estaba decidida a casarse. Y lo haría de blanco, punto.
Leer más »
Aún no has votado este relato. Anímate a participar.