Ficción, Relatos, Terror
1 Comentario La hija del diablo
El diablo no podía dar crédito a lo que escuchaba. ¿Cómo era posible que su hija, la más bella y atrevida de todas, estuviera diciendo esa sarta de tonterías? Nunca jamás, desde la historia de la creación del Universo, desde el destierro sufrido a manos de Miguel, se había escuchado semejante barbaridad: mire que casarse no era cualquier cosa y ya era mucho, pero encapricharse con hacerlo de blanco, eso sí que era una tremenda falta de respeto por todas las leyes, normas y reglamentos habidos y por haber. Aunque, claro, tenía que admitir que tal despropósito no podía venir de nadie más que de su hermosa hija que hacía honor a su gran nombre: Soberbia. Definitivamente era eso, una enorme y descomunal soberbia lo que recorría a su hija y a su deseo insano, demoníaco, cual era su naturaleza. Sin embargo, el diablo estaba realmente desconcertado y no sabía qué hacer o qué proferir para hacerla desistir de su cometido:
-Mira, hija, entiendo que quieras dar al traste con todo, que tengas una razón comprensible para desatar el caos universal y causar el mayor estrago posible a la creación divina, pero todo tiene un límite. Hasta nosotros mismos tenemos que permanecer encerrados de vez en cuando en este infierno aunque nos pese.
Con ésas y otras muchas palabras semejantes, el diablo casi le rogaba a su hija que cambiara de parecer, que se le ocurriera otra cosa, pero no ésa. Que vamos a hacer el hazmerreír de los avernos, que se armará una revuelta demoníaca para derrocarnos del poder, que hasta se burlarán los Ángeles y los Arcángeles al ver ganada lo que supondrán su partida. Mas la hija echaba en saco roto cualquier preocupación de su padre. Ella estaba decidida a casarse. Y lo haría de blanco, punto.
-¿Y con quién pretendes cometer esta locura? Digo, al menos debe ser alguien que esté a tu altura, que tenga las mismas ínfulas de grandeza y que pueda codearse con la más baja calaña que habita los infiernos –quiso saber el diablo sintiendo que ni con Miguel había tenido que librar tan cruel contienda.
-Con Orgullo –le reveló la hija con un descaro tal que hasta el diablo se sintió ofendido.
-¿Con ése?, ¿pero qué le viste si no tiene donde caerse muerto?
-Ni lo necesita, porque vivo, lo que se dice vivo, no está –replicó la hija socarrona.
Eso sí que le dolió al diablo justo en su yerno. Maldita la hora en la que los había presentado en la primera guerra que desató por todo el mundo. Él mismo había sido el responsable de convidarlo a soplar a los oídos de los más poderosos dirigentes una retahíla de ínfulas que los hiciera perder el piso para luego, apoyado por su soberbia hija, impedirles a toda costa cualquier negociación posible. Al fin y al cabo los humanos se dejaban manipular con mucha facilidad. Y lo lograron. Por supuesto que provocar la primera guerra mundial había resultado la más difícil por la cantidad de escrúpulos que aún les carcomían las entrañas. Pero una vez lograda la penetración de las murallas de la moral y las buenas costumbres, acabar con la ética y la fraternidad fue juego de niños. En un segundo quedaron derrotados los ángeles custodios y destruidos el puñado de valores fatuos. Así que incitar a la segunda, la tercera, la cuarta y hasta la quinta guerra mundiales fue pan comido. Claro, la mancuerna que hizo su hija con el susodicho aquél había facilitado el trabajo. Mas una cosa era la cuestión laboral y otra muy distinta permitir que el desvergonzado se emparentara con él y sus herederos. Habrase visto que él, el instigador de la rebelión más grande de todos los tiempos acaecida en el mismísimo seno del cielo, fuera a ensuegrarse con un vil engreído. No, no lo permitiría.
-Yo creo que lo que a ti te falta es conocer mundos y universos. A lo mejor si vas de aquí para allá, provocando jactancias y altanerías, se te quita esa idea loca. Es más, hasta podrías ir a cucar al insoportable de Gabriel que siempre anda de metiche llevando y trayendo mensajitos. ¿Qué dices? –quiso tentarla el diablo.
Ni lo pienses. A mí no me vas a vender ilusiones baratas, ésas regálaselas a las reinas y presidentes, a los políticos y artistas, no a mí que soy la Soberbia. Ya estoy decidida: me caso porque me caso. Y de blanco.
Y la Soberbia dio la media vuelta para irse a pavonear a sus anchas por la Cámara de Diputados donde ya la esperaban sus hermanas Envidia, Pereza y Avaricia. ¿Qué hacer entonces ante la desfachatez absoluta de la hija?, ¿a quién recurrir? Definitivamente su hija lo había metido en un lío de dimensiones apocalípticas y, al carecer de toda esperanza, el diablo veía en su justa dimensión la oscuridad en la que estaba sumergido por la eternidad. Así que rondaba por todos lados, metiendo cizaña en los corazones, destruyendo proyectos, provocando pestes. Total, en algo había que entretenerse mientras encontraba una solución a colosal problema
-¿Y si pico a Orgullo? –se preguntó de repente a la mitad de un ataque nuclear –Por supuesto, voy a hacer que Orgullo se duela en lo más profundo: en sí mismo.
El diablo, convencido de su plan, apresuró las calamidades que provocaría ese día para ir a hablar con su presunto yerno. Encontrarlo fue muy fácil, pues Orgullo se la pasaba envaneciéndose sin descanso, por lo que al llegar, el diablo le lanzó sin más:
-Quiero hablar contigo, Orgullo –y prosiguió sin esperar siquiera alguna respuesta que para eso era el jefe del abismo- mi hija Soberbia quiere casarse contigo de blanco. Sé que tú estás de acuerdo pues te trae muchas satisfacciones; sin embargo, no has considerado que Soberbia, con esa acción, se alzará definitivamente como superior a todos, incluyéndote, pues no habrá quién, ni antes ni después, haya cometido un acto de perfecta arrogancia y vanagloria. Por lo que Soberbia ocupará el lugar supremo de cualquier defecto, pecado y vicio. Claro que tú estarás detrás de ella para acompañarla, pues asumirás tu papel de príncipe consorte. A donde vaya Soberbia, irás tú; a cualquier alma que pudra, ayudarás tú. Y eso está muy bien, pues así Soberbia se erigirá en una digna representante de nuestra crueldad.
La reacción de Orgullo no se hizo esperar, como bien lo había planeado el diablo, y lanzando a las tinieblas aspavientos y maldiciones, el presunto yerno no pudo soportar la simple posibilidad de ser colocado en un segundo puesto. ¿Cómo, si él valía más, muchísimo más que eso? Así que, sin despedirse de su aún no suegro, Orgullo voló de inmediato a romper cualquier compromiso conyugal con la engañadora. De esta manera el diablo, habiendo disuelto el terrible embrollo, se quiso dar el mayor de sus placeres y se puso a orquestar la sexta guerra mundial.
Escrito por: Elizabeth Vivero
Ilustrado por: Laura Perez Ricaud

Me ha encantado la forma en que refleja tan bien la sociedad y sobretodo la parte negativa de esta en un cuento.
Muy originial.
Un beso