Drama, Relatos
Sin Comentarios Muros de papel
“Eso que llaman el amor es el exilio,
con una postal del país de vez en cuando”.
(Samuel Beckett)
Subí las escaleras inseguro, cogiendo de la mano a Floyd y me presenté delante de una puerta blanca con pegatinas de colores. Llamé a la puerta, fijándome en el pomo redondo y dorado y allí me recibió una chica joven y sonriente que me invitó a pasar. Inseguro del todo –siempre he desconfiado de los sitios con paredes de colores, como los de las paredes de esa planta- la seguí hasta una habitación grande, donde tú me esperabas mirando la televisión con cierta desgana. Me miraste, me estudiaste por arriba y abajo y abrazaste a Floyd sin mi consentimiento. Recuerdo que lloré en silencio, Floyd, mi peluche, era mío y sentí cómo prostituías mi infancia. Tu hermana al ver el atroz espectáculo de la lluvia de mis ojos, te obligó a devolvérmelo, aunque nunca más mi fiel compañero volvería a ser el mismo.
Caminaste hasta un patio de moqueta azul, donde había cajas de cartón apiladas, formando una semejanza de castillo. Sé mi príncipe, me dijiste. Callé y me quedé mirando una de las paredes del castillo, acepté a serlo pese a que siempre odié ser el algo de alguien. Nunca he aceptado ser el niño de o el amigo de… mi personalidad siempre se ha visto ignorada por las demandas de los demás. Sumiso ante ti, asentí con un leve movimiento de cabeza. Seguro que hoy día mantienes la misma frialdad que entonces; automáticamente cogiste un Simba, le pusiste encima de tu litera y nos casó sin miedo a nunca separarnos. Floyd, convertido en mi fiel escudero desde hacía menos de quince minutos, presenció como testigo la boda, imperturbable ante la frialdad de tus gestos.